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Christo El Morr, martes 24 de febrero de 2026
En su reciente entrevista en el diario La Tercera de Chile, país que estoy visitando actualmente (edición del sábado 21 de febrero de 2026), titulada “Se está construyendo una nueva civilización, la civilización de la omnipotencia”, el filósofo francés Gilles Lipovetsky sostiene que estamos presenciando el nacimiento de una “civilización de la omnipotencia”: una era marcada por una ambición tecnológica ilimitada y un capitalismo desregulado, una civilización que encarna el exceso de poder en figuras como Donald Trump. Su diagnóstico es agudo y serio, como cabría esperar: retroceso democrático, predominio de la fuerza, acelerada degradación ambiental y una creciente obsesión por el poder. Sin embargo, una lectura de los mismos acontecimientos desde una perspectiva anticolonial y decolonial puede revelar que lo que Lipovetsky describe como una nueva ruptura civilizatoria no es sino una intensificación y adaptación de una antigua estructura colonial, una forma renovada de modernidad colonial. Lipovetsky sitúa la crisis principalmente dentro de coordenadas occidentales: el declive de las democracias liberales, la caída de la Unión Soviética, el populismo vulgar de Trump y la erosión de la “corrección política”. Su cronología comienza en 1991. Pero para muchos países del Sur global, 1991 no fue el amanecer de una armonía democrática, sino el momento de consolidación de la globalización neoliberal, los programas de ajuste estructural y los regímenes de endeudamiento en América Latina, África y partes de Asia. Lo que se denominó “globalización feliz” se tradujo para muchos en austeridad, privatización, despojo de tierras y una intensificación de la extracción de recursos naturales por parte de quienes ven la tierra únicamente como “materia prima” para la venta y la acumulación de ganancias. La crisis que Lipovetsky presenta como un fenómeno “nuevo” —la fragilidad, el retroceso democrático, el ascenso del autoritarismo y la sensación de inestabilidad— no es nueva a escala global. Es nueva solo para los países que ocupaban el centro de la hegemonía mundial: Europa occidental y América del Norte. Incluso el concepto de “civilización” que utiliza Lipovetsky merece ser cuestionado. Históricamente, este concepto fue una herramienta colonial: se utilizó para distinguir entre lo “civilizado” y lo “primitivo”, entre lo “moderno” y lo “atrasado”. Hablar de una “nueva civilización de la omnipotencia” sin deconstruir este término corre el riesgo de reproducir la jerarquía epistemológica que legitimó el colonialismo europeo. ¿Quién define la civilización? ¿Quién se beneficia de la omnipotencia? ¿Quién paga sus costos ambientales y sociales? Estas preguntas están ausentes en el análisis de Lipovetsky. Las tecnologías que menciona —la inteligencia artificial, la biotecnología, la colonización de otros planetas— no flotan en el vacío. Están materialmente arraigadas en la extracción de litio en Chile, la minería de cobalto en la República Democrática del Congo, el procesamiento de tierras raras en Mongolia Interior y en las infraestructuras y mecanismos de la tecnología digital distribuidos a escala global. La “civilización de la omnipotencia” no está separada de las geografías de extracción ni de las formas de explotación ni de los regímenes laborales racializados, en los que el trabajo se organiza, distribuye y jerarquiza según criterios raciales. El problema, por tanto, no es simplemente una crisis de exceso de poder —no es solo una cuestión de acumulación excesiva de poder, consumo, tecnología o riqueza— sino la continuidad de una acumulación colonial que adopta nuevas formas digitales y tecno-científicas. Lipovetsky propone “civilizar el capitalismo, no demonizarlo”. Precisamente aquí aparecen los límites de una crítica reformista. La literatura crítica decolonial —desde el peruano Aníbal Quijano hasta el pensador afroamericano Cedric Robinson— ha demostrado que el capitalismo no solo acompañó al colonialismo, sino que se formó a través de él. Las jerarquías raciales, el despojo de tierras y el trabajo forzado no fueron desviaciones, sino fundamentos estructurales del capitalismo. Suponer que el capitalismo puede “civilizarse” implica considerar su violencia como accidental y no estructural. La verdadera cuestión no es si el capitalismo puede suavizarse, sino si un sistema que nació del saqueo colonial, del comercio de esclavos, de la jerarquía racial, del despojo territorial y de la dominación militar puede separarse de la lógica de dominación que dio forma a su origen. Incluso la reducción que hace Lipovetsky del fenómeno Trump a una mera exhibición vulgar de riqueza y poder (kitsch) no constituye una verdadera politización de la realidad. Aunque el análisis estético que emplea revela la lógica del espectáculo y la vulgaridad, puede ocultar dimensiones fundamentales como la raza, el colonialismo de asentamiento, el autoritarismo contemporáneo y el capitalismo que subyacen a todo ello. La militarización de las fronteras, el pánico al “reemplazo demográfico” de los blancos y el ascenso de los nacionalismos no son simples desviaciones estilísticas; son, en realidad, una reafirmación de la soberanía colonial dentro de las democracias liberales. Lipovetsky tiene razón en que se está produciendo una transformación profunda y en que la expansión tecnológica sin límites coincide con una creciente fragilidad de la vida en el planeta. Pero la fragilidad que describe ha caracterizado durante mucho tiempo la vida de los pueblos colonizados bajo imperios que recientemente el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio llegó incluso a elogiar públicamente, entre aplausos de dirigentes europeos. Lo verdaderamente nuevo quizá no sea la aparición de la omnipotencia —tecnologías gigantescas, poder militar, capitalismo hipertrofiado— sino el hecho de que Occidente ya no monopoliza ese poder ni controla su dirección como antes. Lo que se tambalea es la hegemonía occidental dentro del sistema que ella misma construyó. No, no estamos ante una nueva civilización. Estamos ante la intensificación de una vieja brutalidad: las contradicciones de la modernidad colonial que se condensan una vez más. La tarea no consiste simplemente en contener el exceso de poder, sino en cuestionar las bases económicas, políticas y epistemológicas que hicieron posible e incluso imaginable ese exceso. Para nuestro futuro común —y especialmente para los países del Sur— la verdadera cuestión es desmantelar la estructura capitalista mediante el desmantelamiento de las estructuras coloniales que la fundaron. En última instancia, se trata de una cuestión de vida o muerte.. https://www.al-akhbar.com/NewspaperArticles/topics-opinions/880224/ Comments are closed.
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